Los tiempos están cambiando para todos y también para el mundo de la cultura. A las transformaciones tecnológicas y sociales del siglo XXI se ha sumado una crisis económica de dimensiones insospechadas hace cuatro años, de la que no se ve el final.  Estas son tres de las claves que deberíamos tener en cuenta para adaptarnos a las nuevas circunstancias.

El mundo está cambiando. Hace 20 años se produjeron, curiosamente al mismo tiempo, dos acontecimientos que provocaron, y aún están provocando, una transformación radical. Por una parte, el bloque comunista se derrumbó. Como consecuencia, el capitalismo ya no tiene una fuerza contraria que lo equilibre y se está volviendo salvaje. Para este sistema, el mundo de la cultura es un accesorio de élite, o un molesto grano crítico en su culo. Mientras protegen el primer modelo intentan deshacerse del segundo.

Por otra parte nacía internet, que se presenta como una oportunidad de democratización del conocimiento. En los últimos 10 años la aparición de la web 2.0 y el flujo de información que genera está propiciando nuevos tipos de acciones y relaciones sociales (y por tanto también comerciales y culturales).

¿Estamos mentalizados para asumir el nuevo modelo?

Los paradigmas están cambiando: La difusión del conocimiento se basaba en la pauta de la escasez. La información es poder y el que la posee sólo la comparte (o no) en función de sus intereses. En la nueva era de internet se opera, sin embargo, con el paradigma de la abundancia: Si tengo una idea y la difundo, muchos tenemos una idea y ésta evolucionará y mejorará. Si tú tienes una idea y yo otra y las intercambiamos, cada uno tendrá dos ideas. No nos engañemos, la información sigue siendo valiosa si no se difunde, por eso molestan tanto organizaciones como Wikileaks. Sin embargo, para el mundo de la cultura la información solo es válida si se comparte.

¿Estamos preparados para colaborar?

El modelo de negocio está cambiando: El sistema tiende a “liberalizar” servicios públicos y entre estos, la cultura. Se trata de privatizarlo todo, por lo que estamos pasando rápidamente de un patrón basado en las aportaciones económicas de instituciones públicas (vía subvención, compra o caché) a uno basado en la atracción de públicos y colaboradores (vía venta de entradas, crowsourcing, mecenazgo…). De un modelo basado en la distribución a uno basado en la experiencia del cliente.

Ahora, el marketing cultural debe sustentarse en una adecuada relación de las actividades de promoción entre las instituciones, que cederán sus espacios, y los usuarios o públicos, a los que de repente debemos seducir no solo a posteriori sino también a priori. Y para ello debemos buscar primero que nos conozcan, para después conseguir su fidelidad, lealtad, complicidad…

¿Dónde y cómo encontramos a esos usuarios, clientes y públicos a los que nos tenemos que dirigir?

Inspirado en 7 Claves para Entender la Intermediación 2.0

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: