Era una tormenta increíble. Volvía del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz y había un huracán. Cuando llegué a la estación me informaron de que no había Talgo a Sevilla, donde tenía que enlazar con el Ave. Intenté averiguar qué pasaba. Por lo visto se había caído un árbol en la vía, y la única forma de llegar era en un tren regional. Yo hablaba con el hombre de RENFE, intentaba entender por qué podía transitar un tipo de convoy y no el otro cuando su voz se oyó preocupada justo detrás:

–¿Y llegaremos a tiempo?

Me volví, porque no me había dado cuenta de que había nadie más, y sólo fui consciente cuando habló. Al verla, reconocí inmediatamente su cara.

–Parece que tenemos un problema– acerté a decir. Fui consciente de que estábamos en la misma situación yo y una de las musas de mi generación e hice lo que pude para hablar como si no la hubiera conocido. Los dos solos en la estación de Cádiz y en una situación extraña. Nos dijeron que no habría problema, que nos acomodarían en el Ave al llegar, pero nos arropamos el uno al otro como dos náufragos desconocidos. Finalmente me atreví a preguntar:

–¿Eres tú, verdad?

Nos sentamos juntos en el tren regional. En esos días estaba leyendo un libro interesante: Los creadores. Es un tomo abrumador, aunque fácil: la historia del arte desde el principio de los tiempos, contado con la admiración del autor por la materia que trata. Hablamos de ese libro. Le dije que nunca había leído uno de sus libros y no importó, aunque avivó la conversación. Tampoco lo he hecho después, nunca he leído sus novelas, ni siquiera la que quedó finalista en el Planeta. Hablamos de mi trabajo y del suyo. Fui cogiendo confianza, así que le pregunté qué sentía por ser una de las mujeres más admiradas de este país, y de su época de líder mediática. Me dijo con naturalidad que ella nunca lo había percibido así.

Llegamos a Sevilla. El Ave tardaría un rato y era mediodía. Fuimos a comer. Sentados en el vestíbulo de Santa Justa pedimos algo y preguntó mi opinión sobre algunas cosas de política. En el Ave ella se fue a primera y yo a turista. Ambos hacíamos el viaje invitados pero incluso en estos casos hay clases y clases (de invitación). Nos despedimos en el andén. Ya en Atocha la busqué y nos volvimos a encontrar, pero ya éramos dos desconocidos. Le dije: –Ha sido un placer– y ella dijo lo mismo. Fue un fugaz encuentro con una diosa.

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